Ayer celebramos la inminente llegada de la Navidad con mis amigos. Hace ya unos
cuantos años que celebramos el
amigo invisible. Este año decidimos probar una nueva modalidad, consistente en pensar un regalo sin saber para quien es. Envolvimos todos los regalos en papel rojo y los pusimos, después de cenar, encima de la mesa. Nos sorteamos el orden y el primero empezó a coger un regalo. Podía decidir abrirlo o dejarlo para más tarde. El segundo, una vez cogido su regalo, pero antes de abrirlo, podía decidir cambiarlo con el regalo del número 1. El tercero, podía cambiar su regalo por el del 1 o el 2, o hacer que ellos se los intercambiasen... Y así sucesivamente. La verdad es que al principio no me acababa de convencer tener que comprar sin saber para quien, pero debo confesar que me reí muchísimo.
El año pasado el regalo más repetido fueron las bufandas/guantes/gorros. Este año, quizá porque hace tanto frío que ya ibamos todos bien surtidos, el único regalo que se repitió fueron las huchas. Hubo una hucha-vaca-azul, una hucha-cerdo-crazy-bitch, e incluso una hucha-torre. Creo que a todos nos gustaron nuestros regalos. Son tantos años, que no somos amigos, somos familia, nos conocemos bien, y además, nos queremos. Es genial.
Pero hoy, haciendo repaso mental de porqué hubo tantas huchas, he llegado a una conclusión que ayer se nos pasó por alto. Hucha en catalán se dice
Guardiola. Así que en verdad todos los regalos eran para homenajear la gran proeza que sabíamos que ayer iba a realizar este ex-recoge pelotas que ha sido capaz de convertir un conjunto de buenos futbolistas en el mejor equipo de futbol que ha existido.
También ha conseguido, aunque eso quizás ya no importe a nadie más que a mi, que yo vuelva a
sentir los colores, que quiera ver los partidos, que vuelva a gustarme el futbol de masas. Curiosamente, la última vez que lo hice fue cuando él estaba en el campo. Todavía conservo la muñequera que llevaba de pre-adolescente con su nombre y su número bordados.